Cine Críticas

Muy de vez en cuando llega a las pantallas de cine una película inesperada, que coge a todo el mundo con la guardia baja. Un filme que muestra una posibilidad en nuestras vidas, que expresa de un modo simple y efectivo una realidad difícil de representar sin caer en formulismos o estereotipos, al más puro estilo de ‘Dame 10 razones’ de Brad Silberling o el díptico ‘Antes del amanecer/atardecer’ de Richard Linklater. Es ese el caso de ‘Algo en común’, dirigida, protagonizada y escrita por un primerizo Zach Braff, hoy conocido gracias a la serie de televisión ‘Scrubs’.

Esta realidad a la que hago referencia es la de la incerteza vital que acompaña al duro período de la veintena en la vida de cualquier persona, en la que el vértigo es una constante al darse uno cuenta de que las cosas y las personas que siempre estuvieron consigo pueden desaparecer en cualquier momento para dar paso a una nueva etapa en la que todo habrá cambiado, y se tiene la certeza de que ya nunca volverán. En el filme a tratar, esta posibilidad esta encarnada por Sam, una muchacha insegura y espontánea, cuyas inquietudes sobrepasan toda lógica común, pero que encuentran salida en Andrew, un joven que tuvo la mala suerte de haber visto marcada su vida de niño por un infortunio que condicionaría su vida irreversiblemente.

Andrew —interpretado con corrección por Zach Braff— es un muchacho que no goza de buena salud emocional, pues los medicamentos marcaron su vida a raíz de ese desagradable suceso que comentaba. Pero un día se ve de nuevo en el lugar en que creció, rodeado de sus antiguos amigos y reviviendo cada fragmento de su infancia de forma anárquica y estimulante. Y es en ese momento de su lucha interior cuando conoce a Sam, desarmante y emocionalmente sincera, con la que desde el principio nota una conexión que le llevará al más intenso viaje de su vida, y que irreversiblemente le marcará para siempre. Es un personaje mortificado, cuyo amor por la vida está aun por descubrir, situación por la cual está dispuesto a sacrificarlo todo, solamente por poder sentir esa pasión que debería caracterizar a todo ser humano en cada acción que lleva a cabo.

Sam, a la que da vida una Natalie Portman cuyo talento está fuera de toda duda —espero impaciente ‘Black Swan’, su última película con Darren Aronofsky—, que se come la pantalla en cada plano y en cada expresión facial, representa la bondad, el tedio moral que a cada paso se ve más acrecentado por falta de estimulación, pero que aun así lucha por innovar, por salir fuera de la burbuja y caminar por donde nadie antes lo había hecho. Tenemos así un personaje muy rico en matices, mostrado en todo su esplendor con muestras de su vida diaria, que no hace sino aportar ese aire de drama intimista que tan verazmente consigue mostrar un fragmento crucial en la vida de las personas. Un retazo, que seguido de cerca por la cámara de Braff, consigue transportarnos a esa incertidumbre existencial de la que ella y Andrew son objeto, contemplando en todo momento un desarrollo coherente de los personajes —contra todo lo que se pudiera decir, y que más adelante abordaré—, que danzan en vaivenes emocionales mientras se conocen el uno al otro.

El filme es un pequeño viaje en la vida de estos dos muchachos hasta cierto punto atormentados, que con el uso de metáforas fílmicas y brillantes diálogos hacen posible una caracterización exacta de sus personalidades, a primera vista encontradas, pero que con el paso de los minutos van encontrando un punto de apoyo irremplazable, en el que el peligro ya no importa y donde esos jardines que rodean la villa serán los ojos de una relación muy inspirada (el título original es ‘Garden State’, que hace referencia a los múltiples jardines de New Jersey, donde se desarrolla la acción), que contra todo lo que pueda parecer, no podría estar más alejado del melodrama, pues después de todo, lo que queda es un sabor a vida que solo el buen cine deja en los labios, y muy lejos de instar a la lágrima fácil consigue conmover al personal e incitar a la reflexión sobre el conformismo y la muerte sensorial, de la que es víctima nuestro protagonista.

Y hablando de metáforas, no puedo dejar de hablar de una de las mejores escenas del filme, en la que bajo la lluvia y delante de un enorme abismo, los protagonistas gritan con todas sus fuerzas. En ella, después de enfrascarse en un corto viaje que les llevará por muchos lugares aparentemente inútiles, pero que representan como cada paso hacia delante es una meta en si misma, somos testigos del firme propósito de estos jóvenes de no dejarse abatir y desafiar a todo lo desconocido y lo inexplorado. Os dejo la escena en cuestión (no es en si un spoiler, pero aún así, si queréis llegar ‘vírgenes’ a su visionado, no la veáis)

También hay que hacer especial mención a los secundarios, un Ian Holm y un Peter Sarsgaard muy inspirados, aportando su indispensable granito de arena para comprender la historia en su conjunto —aunque a primera vista el personaje del segundo parezca descontextualizado, es un rol indispensable en la trama—, siendo un fiel retrato de este modo de cómo los elementos externos influyen sobremanera en las decisiones que se toman, acrecentando una falsa e infundada sensación de culpabilidad que culminará en un despertar total, eso si, alejado del tormento.

La coherencia interna del relato es abrumadora, pues aunque la resolución del filme no haya dejado a todo el mundo satisfecho con el guión, resulta ser la manifestación última de los personajes, en cuyo viaje han expresado una muy marcada evolución que no podía haber culminado de otra forma, teniendo en cuenta sus motivaciones y sus metas personales, pero que para comprender en su totalidad hay que interpretar desde un principio, y no desde la motivación básica que se nos presenta al comienzo del filme.

Resumiendo, una gran película que en el año 2004 sorprendió a muchos y gustó a unos cuantos, pero que estoy seguro es un filme extraordinario que hará las delicias de quien se deje absorber por su historia.

A lo mejor eso es una familia. Unas personas que echan de menos el mismo lugar imaginario.

Personaje que nace en la década de los 80 y se preocupa, sobre todo, por las cosas que no tienen demasiada importancia. Psicólogo de formación, fotógrafo de profesión, cineasta de ambición.

Deja un comentario